Hay una edad en la que el cuerpo empieza a mandar señales raras: menos energía, el ánimo por el piso, ganas de nada. A eso lo llamamos andropausia, la versión masculina de ese quiebre hormonal que en las mujeres conocemos como menopausia. No es una sentencia: es un descenso lento de testosterona que arranca en la mediana edad y que, con la información correcta, se puede atravesar con humor, buenos hábitos y hasta con un poco de estilo. Y aunque casi no se hable de él en la vida real, en el cine aparece bastante seguido, disfrazado de otras cosas, en algunos casos de manera un poco extrema.
En el caso de Fight Club (1999), dirigida por David Finche. Nos encontramos con Edward Norton que interpreta a un narrador sin nombre, insomne, aburrido de su propio catálogo de muebles y de su propia vida, que termina inventándose un alter ego —Tyler Durden, un carismático Brad Pitt vendiendo jabón y caos— para sentir que todavía está vivo. En cierto sentido o en varios el rol del hombre también cambia con la edad dentro del cruel sistema social capitalista, lo que produce una restructuración en las prioridades compleja. La creación del club de peleas clandestino como tratamiento, es una catarsis de la furia al sin sentido, un camino hasta reconocer esa sensación de «necesito sacudir mi vida» antes de que la sacudan por vos, y así el protagonista emprende un arduo camino de vuelta a la ternura.

La menopausia tiene un corte bastante claro: se termina la menstruación y listo. La andropausia es mucho más de goteo lento: no hay un día en el que «empiece», sino una caída progresiva de testosterona que se va notando de a poco, como cuando el wifi baja de velocidad y tardás una semana en darte cuenta. Cada hombre lo vivimos de manera muy distinta.
Una buena muestra es la película Una pistola en cada mano (2012), del director español Cesc Gay, con un lujo de elenco haciendo de amigos, ex maridos y galanes venidos a menos en la misma franja etaria. Ninguno tiene el mismo diagnóstico existencial, pero todos comparten esa cara de «che, ¿a mí también me va a pasar esto?». Nostalgia, ver el paso del tiempo, insomnio, miedos, frustraciones, fobias, confusión e inseguridades. Se nombran y se comparten.

Generalmente la andropausia arranca entre los 40 y los 50 años, aunque en algunos hombres los primeros síntomas se hacen notar recién pasados los 55. A diferencia de la menopausia, no tiene un final definido: es un proceso que sigue, lento, durante el resto de la vida. La testosterona empieza a bajar cerca del 1% por año a partir de los 30, algo tan gradual que ni te das cuenta hasta que un día no podés “abrir el frasco de mermelada”.
El costado más melancólico de ese estancamiento lo pinta Sideways (2004), del director Alexander Payne. Paul Giamatti interpreta a Miles Raymond, un profesor y escritor frustrado, recién divorciado, que se toma unas vacaciones vitivinícolas con un amigo mientras carga con la sensación de que su vida quedó estacionada en punto muerto. Inolvidable la escena en que describiendo la variedad pinot, expresa por primera vez su propia fragilidad y vulnerabilidad. Un importante paso para comenzar a vislumbrar una luz al final del camino… y del vinito.

Con la baja gradual de la producción de testosterona, aumenta una proteína (la SHBG) que «atrapa» parte de la que sí queda disponible en sangre. Si sumamos el sedentarismo, el estrés crónico, el sobrepeso, el alcohol, el tabaco y enfermedades como la diabetes, este proceso se acelera. Nada que un buen cambio de hábitos no pueda mejorar bastante.
En forma extrema nuestro protagonista de Breaking Bad lleva un cambio de hábitos dramático: Bryan Cranston interpreta a Walter White, un profesor de química que recibe un diagnóstico justo en la mediana edad, en el momento en que ya se sentía invisible y subestimado. Ese golpe lo empuja a reinventarse progresivamente a niveles inesperados. Retomar el control de su vida lo sumerge en una transformación arrolladora. Alimenta su alter ego que a diferencia de Fight Club, este se lo devora hasta morir en la soledad absoluta de su laboratorio, luego de su último acto de redención para con su fiel partener en la serie Jesse Pinkman. Su último resto de empatía. Sin la necesidad de caer en extremo, es importante sentir cuando el cuerpo avisa que algo cambió, y reinventarse amables con uno mismo y con los otros.

Los síntomas y cómo golpea emocionalmente
Cansancio que no afloja, pérdida de masa muscular, más grasa abdominal, menos ganas de sexo, cambios de humor, dificultad para concentrarse, mal dormir. Pero además de lo físico, hay un costado emocional: la sensación de estar quedando afuera, de perder terreno en ciertos espacios. Nada que no se pueda trabajar con información, acompañamiento y opciones saludables.
Lost in Translation (2003), de Sofia Coppola, muestra a Bill Murray como Bob Harris, interpretando a un actor en la mediana edad, con el matrimonio en piloto automático, insomnio de hotel cinco estrellas y esa sensación de estar de paso en su propia vida. En un tokio sumamente consumista y superficial, un ámbito extraño que se traslada al protagonista. Un no ser parte de esto, y estoy inmerso en esto. Una extrañeza que lo lleva a redescubrir en las cosas simples y la improvisación la manera de transitar más liviana la vida.

Cuando el golpe es también afectivo
La caída hormonal no solo afecta el cuerpo: también puede jugarle una mala pasada a los vínculos. Her (2013), de Spike Jonze, ilustra bastante bien esa soledad que puede aparecer si esta etapa agarra sin red de contención. Joaquin Phoenix como Theodore Twombly, es un hombre recién separado que se refugia en su casa, evita el contacto humano y termina enamorándose de un sistema operativo con voz de Scarlett Johansson. Una IA que evoluciona y aprende en vínculo con el humano, comienza a comportarse demostrando emociones como los humanos entrando en una inestabilidad existencial lo que provoca el quiebre del vínculo entre el sistema operativo y el protagonista, o sea, dejó de ser funcional. Se volvió más humano? Pero finalmente el encuentro está con el otro, dos personas que se miran a los ojos, y un final afectivo y real.

Qué hacer al respecto
Cuando los análisis confirman un déficit importante de testosterona y los síntomas afectan la vida diaria, el urólogo o endocrinólogo puede evaluar una terapia de reemplazo hormonal, siempre con seguimiento médico y no para todos los casos.
Pero antes de llegar ahí (o en paralelo), hay bastantes opciones naturales para un mayor bienestar.
- Entrenar fuerza, porque estimula la producción de testosterona y ayuda a sostener masa muscular.
- Dormir bien, ya que el mal descanso golpea directo a los niveles hormonales.
- Comer con buen aporte de zinc, magnesio y vitamina D (pescados, huevo, frutos secos, legumbres).
- Bajarle al alcohol y cortar con el tabaco, ambos asociados a una caída más marcada de testosterona.
- Trabajar el estrés crónico, porque el cortisol alto le compite a la testosterona; meditar o respirar consciente ayuda más de lo que parece.
- Cuidar el peso, porque el exceso de grasa abdominal favorece que la testosterona se transforme en estrógeno.
- Probar adaptógenos como la ashwagandha, que se viene estudiando por su posible efecto en el equilibrio hormonal y el estrés (siempre mejor consultarlo antes con un profesional).
Para cerrar
La andropausia no tiene por qué vivirse en silencio, ni resolverse como en las películas (ni con clubes de pelea, ni con laboratorios clandestinos). Con información, buenos hábitos y una consulta a tiempo, se puede atravesar esta etapa con más energía, mejor humor y las ganas intactas.